CECILIO MIRONES

El 31 de Diciembre de 2018 nos dejaba nuestro amiga CECILIO.


Caminó por la vida como un auténtico fondista. Su bondad, su honradez, su alegría, su buen humor, su cercanía a las personas, su profunda visión del ser humano, la calidad de tu amistad… hicieron de él un atleta digno de premio. Se ha marchado de nosotros y puede irse con la conocida frase de la segunda carta a Timoteo como salvoconducto: “Bonum certamen certavi, cursum consumavi, fidem servavi”: has peleado una buena batalla, has acabado la carrera, has guardado la fe.

El Misterio entrañable y cariñoso a quien llamamos Dios-Padre-Madre tal y como nos lo enseñó Jesús, seguro que le ha recibido ya con los brazos abiertos.




"AMIGO CECILIO"

Ramón Alario


Ha sido un privilegio conocerte y compartir contigo y los tuyos tan buenos y entrañables momentos. Y, sobre todo, haberte tenido como un amigo incondicional y un referente en las diferentes etapas de nuestras vidas.

Fue un regalo encontrarte, allá por octubre de 1963. Como novato estudiante de primero de Teología en Comillas, me incorporé con otros compañeros a las catequesis de la parroquia de Cóbreces (Cantabria). Tu imagen, todavía ensotanada, al lado de tu inseparable vespa, ilumina y da calidad humana a tantas experiencias compartidas a lo largo de cuatro cursos: tardes lluviosas sin poder salir del club parroquial; excursiones con todos los grupos de catequesis a Laredo y Castro Urdiales, a Villaviciosa, al puerto del Escudo; las fiestas preparadas y vividas en el colegio de las monjas, con representaciones teatrales y música en directo a cargo los Checos; aquellos días de un verano en que nos reunimos para compartir unas lecturas tan impactantes como Pacem in Terris, Ecclesiam Suam, Creer es comprometerse; tus confidencias sobre la marcha de los grupos de Hoac… También, los malos momentos vividos por ti a raíz del referéndum sobre la Ley Orgánica del Estado de diciembre de 1966…

Fuiste entonces para mí un referente: la imagen de un cura encarnado entre sus feligreses, sencillo, cercano, cariñoso, innovador, que contrastaba y completaba la de tantos profesores de Teología -algunos muy buenos-, que sin embargo no eran una referencia pastoral. Nos encontrábamos inmersos en la atmósfera eclesial creada por el concilio: todo estaba o al menos parecía abierto a la creatividad y a una novedosa andadura hacia otro tipo de iglesia: y tú representabas para mí un anticipo y un ejemplo como cura y como creyente.

Fue un regalo de la vida volver a encontrarnos a finales de los setenta, ya en Madrid, en una situación anteriormente insospechada aunque coherente: tú con Ana y dos peques -Daniel y Pablo-, que jugaban en torno a numerosos muñequitos de playmobil… Yo, para entonces, ya caminaba al lado de Paloma. Alguna vez fuimos a quedarnos con vuestros chicos para que os dierais un paseo; y volvíais tras haber pasado por una iglesia por si había misa… Fuisteis una referencia como pareja. Muchas intuiciones y tareas nos unían: eje de nuestras vidas en la familia, en el compartir las tareas de la casa y la atención a nuestros hijos e hijas; dedicación vocacional a la enseñanza, compromisos por una enseñanza creativa, crítica e innovadora; muchas personas amigas con las que compartir la vida; deseos y apuestas por un iglesia sencilla, no clerical, caminante y buscadora de espacios de más humanidad al lado de las personas concretas. En esta última línea, Moceop ha sido una plataforma familiar en que hemos podido compartir vivencias muy intensas.

También ha sido un regalo poder pasar juntos algunos, bastantes, episodios difíciles en torno a hospitales y dolencias varias… ¡Cuánta incertidumbre, cuánto sufrimiento, cuánta experiencia de debilidad y vulnerabilidad. Y cuánta aceptación! La compañía y el abrazo incondicional nos han ayudado a pasar un poquito menos mal aquellos momentos.

Ha sido igualmente un gran regalo, tal vez el más entrañable y tierno, haber estado muy unidos en la última etapa de tu andadura. Al principio, con vosotros dos, Ana, Cecilio, aún bastante enteros. Poco a poco, muy marcados por el cansancio. Pero siempre rebosando alegría, ganas de vivir, serenidad, aceptación de lo que la vida nos da. Ha sido para mí enriquecedor compartir contigo tus dudas, tus inquietudes, tus confesiones, tu fe profunda y tu confianza más allá de la implacable enfermedad… Ratos preciosos compartiendo una comida o un café; jugando un rumi o dormitando en los sofás tras la comida.

Creo, Cecilio, que has caminado por la vida como un auténtico fondista. Tu bondad, tu honradez, tu alegría, tu buen humor, tu cercanía a las personas, tu profunda visión del ser humano, la calidad de tu amistad… han hecho de ti un atleta digno de premio. Te has marchado de nosotros y puedes irte con la conocida frase de la segunda carta a Timoteo como salvoconducto: “Bonum certamen certavi, cursum consumavi, fidem servavi”: has peleado una buena batalla, has acabado la carrera, has guardado la fe. El Misterio entrañable y cariñoso a quien llamamos Dios-Padre-Madre tal y como nos lo enseñó Jesús, te ha recibido con los brazos abiertos.

Gracias, Cecilio, por haberte conocido.

(Ramón Alario.)




  
  
  
  




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