LA IGLESIA EN LA QUE SOMOS Y VIVIMOS

COLECTIVO DE COMUNIDADES CRISTIANAS ENCOMÚN

A partir del trabajo realizado por la Delegación de Pastoral Juvenil de Madrid hasta finales de los años 80, varios grupos de catequistas organizaron jornadas para Agentes de Pastoral Juvenil (APJ's), avanzando en temas de formación y elaboración de materiales.

Poco a poco, sobre la labor de pastoral con jóvenes, tenía más importancia la experiencia comunitaria de los APJ's. Algunas comunidades más se unieron a este grupo y, desde el compartir y dialogar sobre las comunidades, fue cobrando más fuerza la inquietud de favorecer la coordinación y relación entre las comunidades de jóvenes de Madrid.

Por eso, durante el año 96 se fueron dando pasos para ir cuajando esta iniciativa de coordinación que se llevó a la convocatoria de una asamblea de comunidades en el pueblo de Valdemanco (12 de mayo de 1996) para decidir dar luz verde a esta nueva etapa y dar por concluido el trabajo del equipo de APJ's y de la comisión que se formó para la coordinación de comunidades. De Valdemanco y del trabajo posterior salieron las características de ENCOMÚN.

Desde entonces ENCOMÚN se ha ido consolidando, se han acercado nuevas comunidades y las iniciativas van creciendo desde una eclesialidad de comunión fraterna.

Hoy en día somos un colectivo de más de treinta comunidades cristianas que:

Deseamos tener un medio para podernos relacionar, estar más cerca unas de otras y compartir encuentros, celebraciones, oraciones y momentos especiales de nuestras comunidades.

Buscamos tener planteamientos comunes de participación o relación con distintas entidades eclesiales y la posibilidad de desarrollar juntos proyectos sociales o pastorales.

Queremos compartir con otras personas y entre nosotros la experiencia y la riqueza de la vida comunitaria, mediante los cursos, encuentros y materiales que preparamos.

1. gozos y esperanzas

Para ser fieles al seguimiento de Jesús nuestra vida cristiana vivida en comunidad tiene que estar cimentada en actitudes básicas y motivaciones que tengan relación con los gozos y las esperanzas. La experiencia nos confirma que el espacio de ENCOMÚN es precisamente un buen lugar en el que podemos vivir la Buena Noticia de Jesús. Estamos convencidos que la vida y el trabajo en nuestras comunidades es un signo de esperanza para nuestro mundo y dentro de la misma Iglesia. El encuentro en comunidad que valoramos y disfrutamos tiene como fundamento el orar juntos, compartir la vida con personas concretas que con su testimonio de vida tratan de ser coherentes y ponen lo que está de su parte para construir y hacer un mundo mejor.

Hemos constatado que uno de los signos más evidentes de que vamos por el camino del Evangelio, y esto nos da confianza para seguir, es que en nuestras comunidades percibimos que el Espíritu sopla fuerte, que nos acompaña en todo momento, experimentamos el gozo de ser personas positivas, entusiastas, "inquietas", propositivas, críticas, con talante esperanzador y generadoras de Vida para que cada día el Reino sea una realidad. Estamos convencidos de que el diálogo hacia dentro de la Iglesia nos ayuda a ser coherentes y optimistas pues sabemos que con estas actitudes dejamos paso a la acción del Espíritu.

Dentro del ámbito de ENCOMÚN vemos florecer iniciativas que representan verdaderos signos de gozo y esperanza. Así, a lo largo de los años han tenido lugar varias celebraciones compartidas de la Pascua, distintas comunidades han prestado su colaboración personal y económica en proyectos de acción social impulsadas por otras o se han implicado en campañas globales (Deuda Externa, rechazo a la Guerra en Iraq), se han producido encuentros de reflexión y oración entre varias comunidades interesadas por los mismos temas y, de un modo especial, se ha impulsado un espacio de reflexión sobre el estado actual de la educación denominado "Profes Encomún" en el que participan miembros de nuestras comunidades que trabajan en el campo de la enseñanza.

Otro motivo de satisfacción y alegría es la participación activa de numerosas comunidades en la vida de sus parroquias. Muchos de nosotros somos agentes de pastoral, encargados de la acogida, animadores litúrgicos o participantes en los equipos de acción social. De hecho, la mayoría de nuestros grupos han surgido como consecuencia de procesos catecumenales juveniles desarrollados en espacios parroquiales y siempre hemos valorado esta forma de presencia eclesial. Desgraciadamente, en ciertos casos la continuidad de las comunidades en sus parroquias de origen se ha visto dificultada por cambios en los responsables o por la dificultad de armonizar en la práctica una concepción eclesiológica fraternal, corresponsable e igualitaria como la que nosotros sostenemos, con la lógica clerical, sea paternalista o autoritaria, que aún prevalece en una parte de nuestra Iglesia.

Buscamos estar atentos, aprendemos y colaboramos en proyectos con iglesias de países empobrecidos. Estamos abiertos al diálogo intercultural; constatamos que la realidad de la inmigración afecta a nuestro compromiso como cristianos, cada vez estamos más convencidos de que estar del lado de nuestros hermanos inmigrantes es una muestra concreta de vivir nuestra fe; hacer de nuestro compromiso evangélico una realidad es como bajar a la tierra y no perdernos en el terreno de la discusión y la ideología.

Vemos con esperanza el ecumenismo, lento pero real, entre las distintas iglesias cristianas y el diálogo interreligioso. Contemplamos ya la renovación y esfuerzo por hacer que la vida cristiana sea profética y significativa en esta sociedad enriquecida, comprometidos en proyectos de talante social y cultural.

En nuestras comunidades seguimos valorando y priorizando la transmisión de la fe a nuestros hijos e hijas. Está en nuestras manos contagiarles, hablarles, trasmitirles la esperanza que ha impulsado nuestra vida.

Podemos decir que nuestros sueños, ilusiones y esperanzas dentro de esta nuestra Iglesia se concretan en la existencia de pequeñas comunidades que viven la frescura, la audacia y la radicalidad del Evangelio y la sed espiritual que va surgiendo en nuestras personas. Confiamos en la aportación del Concilio Vaticano II y la confirmación de que éste sigue siendo un camino a seguir para la constante renovación de la Iglesia. Nos vemos y nos sentimos animados y apoyados por diversos teólogos y teólogas que comparten nuestros deseos de vivir y hacer una Iglesia más plural y participativa, comprometida en procesos de comunión y diálogo con el mundo y la cultura.

2. Perspectivas y posibilidades

El Concilio Vaticano II nos invita a interpretar los signos de los tiempos, por lo tanto es imprescindible valorar los hechos actuales desde nuestra vivencia de Iglesia y nuestro propio proceso de fe. Las situaciones sociales, económicas, políticas nos obligan como cristianos y como personas a abrirnos a nuevas perspectivas y posibilidades.

Vivimos en una sociedad que nos bombardea con la búsqueda de seguridades y a la vez nos vemos inmersos en grandes problemas sociales (desigualdad, pobreza, inmigraciónY ) que están reclamando una respuesta eficaz.

Por eso el reto de la Iglesia pasa por recuperar el valor de la persona potenciando proyectos integradores que abarquen todo lo que nos afecta. La Iglesia también puede y debe ofrecer ideales, esperanzas y utopías; debe aportar un cambio de estrategia que pase por la apertura de mente, por abrir espacios de diálogo con los no creyentes, por renovarnos en temas como la situación de las mujeres, los valores democráticos, la vivencia de la afectividad y la sexualidadY

Es momento de reelaborar el paradigma de lo que es ser Iglesia: haciendo de la parroquia un lugar de pluralidad donde convivan dinámicas diferentes, fomentando procesos de comunidades jóvenes y adultas, posibilitando un proyecto de pastoral juvenil serio, buscando espacios de vivencia eclesial en comunidad, favoreciendo la comunicación entre iniciativas diferentes, promoviendo los consejos pastorales como espacios de participación amplios y abiertos.

Vemos a nuestro alrededor personas que están en búsqueda, que manifiestan creer en Dios pero no en la Iglesia. Sus inquietudes no afloran muchas veces porque faltan canales de encuentro. En ocasiones nuestro testimonio ante la sociedad queda oscurecido por las intervenciones públicas de los representantes oficiales de la institución. A pesar de todo, nosotros debemos ofrecer esos canales, cubrir esa necesidad. Queremos ser presencia cristiana humilde donde no hay otros tipos de presencia. Estamos llamados a ser A fermento@ en medio de la gente expresando nuestra identidad como cristianos y ofreciendo los valores evangélicos.

3. Fraternidad y diálogo

Para poder fomentar el diálogo en torno a los cambios que hayan de venir en la Iglesia todo lugar puede ser bueno. Encontramos en nuestro entorno muchos espacios donde manifestarnos desde nuestra fe y nuestro ser Iglesia en pluralidad: AMPAS, ONGs, asociaciones, partidos políticos... Además, descubrimos alrededor de lo cotidiano foros que buscan la renovación eclesial: grupos, movimientos, colectivos... a los que queremos acercarnos. Hemos tenido pocas ocasiones para dialogar con representantes de la jerarquía, pero estamos siempre abiertos a ellos.

Es prioritario para nosotros conseguir la igualdad de hombres y mujeres en la Iglesia, por eso manifestamos nuestra especial cercanía hacia aquellos grupos que trabajan por los derechos de las mujeres en la sociedad y en la Iglesia. La situación de las mujeres en la comunidad eclesial es uno de los mayores obstáculos para la evangelización.

Con todo, la organización parroquial y diocesana de nuestra Iglesia sigue siendo lugar principal para fomentar el diálogo. Nuestra presencia en los consejos pastorales y económicos y en comisiones o asambleas parroquiales debe seguir siendo activa, así como nuestra implicación pastoral con la infancia, la juventud y la familia. La preparación al bautismo de los hijos e hijas y los cursillos prematrimoniales, el catecumenado de adultos así como la pastoral de los alejados son una gran oportunidad de fomentar un estilo de Iglesia alegre, fraterno y dialogante.

Hemos experimentado que no todos los párrocos, quienes tal como están las cosas en la mayoría de las parroquias son los que tienen la última palabra, están dispuestos a aceptar esta forma de implicación pastoral crítica y constructiva; de cualquier forma sabemos de lugares en los que nuestra experiencia de vida cristiana comunitaria es bien recibida e incluso anhelada.

Debemos hacer oír nuestra voz en la medida de lo posible y de una forma inteligente: estar presentes y participar en los distintos espacios eclesiales ofreciendo nuestras propuestas para afrontar los problemas actuales de la evangelización. Actuar con constancia de la misma forma que en otros ambientes de nuestra vida (familia, trabajo, etc.): A a nadie se le ocurre dejar un trabajo porque tenga problemas, intenta resolverlos@ . Debemos asumir que la Iglesia no cambiará sin nosotros, que no vale sólo criticar lo que no nos gusta sino que es posible comprometernos para cambiar estas situaciones.

Para que el diálogo sea verdaderamente fraterno nuestros argumentos tienen que salir del Evangelio, con actitud de apertura, de escucha, de intercambio de experiencias... Hay que dar ejemplo de respeto, serenidad y fraternidad, opinando desde la tolerancia y con oídos abiertos; trabajar la humildad y la pacificación, que se haga un planteamiento serio, profundo, auténtico; tratar de ser perseverantes y optimistas, no sabemos cómo irán las cosas en el futuro. Hablaremos con la confianza de llevar una vida coherente detrás y una experiencia de trabajo por y para la Iglesia que avale nuestras inquietudes. No debemos olvidar los grupos que vienen detrás; para ellos y para los demás hemos de ser comunidades de referencia.

Debemos perder el miedo al diálogo con los responsables de la institución eclesial, deberíamos crear redes para que en esta comunicación no nos encontremos solos. Una forma de ir dando pequeños pasos sería fomentar el encuentro con sacerdotes o religiosos y religiosas, personas que tienen mentalidad más abierta, con los que se puede trabajar desde el espíritu del diálogo.

También hay que aprovechar los cauces ya existentes de debate, como son los congresos de teología o los encuentros de pastoral.

Debemos ser conscientes de que en la situación actual el diálogo no se da entre iguales (clérigos-religiosos/as-seglares) sino que algunos parecen sentirse dueños de dictar lo que hay que hacer y creer y otros sólo han de obedecer. Teniendo en cuenta que no podemos callarnos ante muchas situaciones, tendríamos que ser más A incómodos@ en la Iglesia, más reivindicativos cuando pensemos que no se respetan los valores evangélicos, siempre sinceros. Ante determinadas situaciones de injusticia hay que parar, estudiar y ver; sin prisas, sin buscar resultados a corto plazo. Buscar una voz común en determinados temas intentando que nuestra denuncia sea siempre constructiva.

4. Actitudes y propuestas

La mayoría de nuestros conciudadanos no acepta hoy el dogmatismo, la prepotencia o la imposición moral, pero tampoco la incoherencia entre lo que se dice y lo que se hace o entre lo que se proclama hacia fuera y lo que se practica hacia dentro de una institución. Tales comportamientos provocan rechazo en la mayoría de las personas. Pero, además, Jesús de Nazaret se opuso radicalmente a toda forma de ejercicio abusivo del poder, a toda discriminación, a toda imposición ideológica o política, a todo tipo de orgullo y pagó con su vida esta opción. Como sabemos, Él nos invitó a servir y a liberar, no a dominar, a aparentar o a tolerar o sostener la injusticia.

Para empezar la renovación eclesial en este terreno podríamos adoptar dos principios fundamentales que encuentran un respaldo indudable en el Nuevo Testamento y en la sensibilidad de la sociedad actual:

A) Empezar a considerarnos, simplemente, testigos agradecidos de una experiencia de amor y seguidores de Jesucristo que buscan, como todos los hombres y mujeres de buena voluntad, cómo hacer de nuestro planeta un hogar fraterno para toda la humanidad utilizando los dones que poseen. Llevar la creación a los máximos niveles de humanización posibles alimentando la fe, el amor y la esperanza de todos los seres humanos.

B) No tener miedo a pedir perdón, a reconocer los fallos y a intentar rectificar cuando descubrimos que hemos seguido caminos equivocados. La Iglesia no está compuesta por personas intachables sino por gentes que se saben en camino, no tiene que obsesionarse consigo misma (por sus éxitos o sus fracasos) sino con el progreso del Reino de Dios en nuestro mundo, algo que, por otra parte, no depende exclusivamente de ella.

A partir de estos principios básicos pueden desarrollarse numerosas actitudes concretas que darían poco a poco a la Iglesia otro aire, otra imagen pública y otra capacidad para evangelizar. Aunque lo cierto es que convendría comenzar por reconocer que ese talante humilde, abierto y servicial se está dando actualmente en numerosísimas comunidades cristianas. Según estas actitudes el colectivo de comunidades cristianas ENCOMÚN se propone:

_ Cultivar la autenticidad de nuestra propia experiencia cristiana.

_ Vivir más y hablar menos (que sea nuestra vida la que hable);

_ Exigir que los medios de comunicación sean más honestos y que junto a los A escándalos@ que difunden saquen también A en la foto eclesial@ las numerosas realidades vivas de compromiso y opción por la justicia que promueven hoy en día las comunidades cristianas (ONGs, misiones, campañas, etc.).

_ Intentar asumir un estilo diferente de relación entre nosotros, con todos los cristianos, con las demás religiones y con el resto de las personas.

_ Trabajar para que el trato dentro de la Iglesia sea igualitario y fraterno: somos todos hermanos y hermanas, participantes y responsables, no A súbditos@ o A colaboradores@ de otro que manda, ya sea de una manera burda o solapada.

_ Aprender a vivir constructiva y enriquecedoramente el pluralismo.

_ Perder el miedo a manifestarnos como cristianos en cualquier lugar

Mas allá del cambio en las palabras, la renovación de nuestra Iglesia requiere signos, estilos, actitudes y acciones diferentes que estén marcadas por la misericordia afectiva y la solidaridad efectiva. Queremos que, al contacto con nuestras comunidades, encuentren un rostro de Iglesia más cercano, cariñoso y liberador los emigrantes que vienen con problemáticas diferentes a las nuestras; la gente más sencilla y pobre de nuestra sociedad; los que están solos o vacíos;

Conclusiones

Queremos a la Iglesia, trabajamos en la Iglesia, nos sentimos miembros de la Iglesia, valoramos a la Iglesia y sabemos que hemos encontrado a Jesús gracias a ella. Conocemos a muchos grupos y personas creyentes que han fortalecido nuestra fe.

Nos duele la Iglesia, nos duele su actitud cerrada ante ciertos valores actuales, que a tanta gente aleja del Evangelio. Constatamos que en la Iglesia se sostienen posiciones (en materia de organización, relaciones con la sociedad o moral sexual) que constituyen un verdadero escándalo para nuestros contemporáneos.

Faltan, a nivel oficial, canales y actitudes para el diálogo sobre los temas candentes. Muchas veces se guarda silencio como si fueran asuntos tabú o se recurre a la autoridad para acallar a las posturas disidentes

Vemos imprescindible la renovación en la Iglesia para que pueda continuar su misión: anunciar el Evangelio de Jesús y colaborar en el establecimiento del Reino de Dios.