MIRADAS SOBRE EL SACERDOTE

 
 

 

La vida y el mensaje de Cristo, y, entonces, la naturaleza profunda de la iglesia, han sido abordados desde diferentes ángulos a lo largo de los siglos. No debe extrañarnos: desde los orígenes, una diversidad de miradas ha dado nacimiento a cuatro evangelios.

En el curso de la historia de la Iglesia, las divergencias han provocado de una parte las puestas a punto de los concilios y de otra la diversidad de familias cristianas. Estamos hoy en presencia de tres grandes maneras de vivir en Iglesia -el catolicismo, la ortodoxia y el protestantismo- que se desmultiplican en numerosas espiritualidades. El sacerdote católico diocesano o miembro de una orden religiosa, tiene evidentemente otro perfil que el pope de la Iglesia ortodoxa o el pastor protestante. Aquí hablaremos solamente del sacerdote católico.

Jesucristo, venido para unir los hombres por su común participación a su filiación divina, ha confiado su tarea de reunirlos a sus continuadores: serán los agentes del Espíritu quienes incorporarán los hombres al Padre y les agruparán en comunidades resplandecientes de fe, de esperanza y de caridad. Mientras que el protestantismo insiste en el contacto personal con Dios, el catolicismo -como la ortodoxia- subraya que la obra divina se realiza a través de los intermediarios: la comunión de los santos -y particularmente la intercesión de la madre de Jesús- la jerarquía, los sacramentos y la liturgia.

Los obispos son los responsables de estas mediaciones, en la fidelidad a Palabra fundadora y con misión de hacerla irradiar en el mundo. Los sacerdotes participan de manera particularísima en su misión.

El sacerdocio común de los fieles

Es la comunidad entera quien está habitada por Cristo. Es a ella a quien están confiadas la Palabras y la caridad, quien la pone en práctica, su ( radiación y el lugar en donde ellas se revitalizan. Todos los fieles son, juntos, los portadores de estos dones. Es el * sacerdocio común+ en el que son introducidos por el bautismo y que ejercerán en fraternal colaboración con los guías encargados, por su ordenación, de presidir su misión.

El sacerdocio transmitido por la ordenación ha evolucionado en sus formas a lo largo de los siglos según lo que requería el servicio del sacerdocio común. Se constituyen diferentes grados en la participación en la misión de los obispos: sacerdotes, diáconos, y órdenes * menores+ . La teología relativa a estas diferentes maneras de ser al servicio de la presencia y de la acción de Cristo ha evolucionado al mismo tiempo que la teología relativa al mismo Cristo.

Así, una poderosa corriente de vida espiritual y de pensamiento ha considerado sobre todo en Cristo su divinidad -se venera en él al Verbo encarnado-, mientras que otras corrientes miran más su manera de ser en todo semejante a los hombres en la solidaridad con los más desprovistos. Desde entonces se ha abordado con diferentes sensibilidades su pasión y su resurrección. Se ha visto también formularse dos teologías diferentes sobre el sacerdocio y sobre su perpetuación en la Iglesia.

El sacerdote: solidaridad y sacramentos

* Haced esto en memoria mía+ (lo que significa no solamente * para acordaros de mi sino para vivir de mi+ ) es evidentemente una de las frases claves relativas al papel sacerdotal de Cristo y de sus continuadores en el servicio de la comunidad reunida por su Espíritu.

* En memoria mía+ devuelve directamente a la muerte de Cristo, pero ésta es la realización plena de su vida de obediencia, es decir de afectuosa disponibilidad en relación a su Padre: es la fidelidad hasta el final, a su dulzura y a su humildad, a la actitud de servicio manifestada, según San Juan, en el lavatorio de los pies.

El * sacrificio espiritual+ de Cristo es el abandono al Padre, que conducirá al éxito, a través del fracaso, de la obra de reconciliación a la que el Hijo ha consagrado su vida. La resurrección será el signo y el comienzo de esta victoria definitiva sobre el mal.

Hoy, varios teólogos proponen renunciar al término de sacrificio, que hace pensar en los sacrificios de animales como se practicaban en el templo, y que eran justamente la manera de ir a Dios que Jesús ha venido a sustituir  por la participación del creyente con su comportamiento filial.

Si se privilegia la divinidad de Cristo, se insistirá sobre el sentido de lo sagrado con el que se debe considerar el misterio de su sacerdocio: se verá, en el sacerdote que le representa, sobre todo un hombre dedicado a lo sagrado. En una sociedad fuertemente jerarquizada corno la de aquel antiguo régimen, tendrá un rango de notable.

Si se privilegia la manera en que Cristo fue, entre los hombres, uno entre todos, se deseará que el sacerdote esté él también mezclado en la condición humana común, donde se hará el intérprete de los humillados, intentando reunirlos en torno a Cristo.

En el primer caso, el sacerdote será sobre todo el hombre de los sacramentos; en el segundo caso, el hombre de la solidaridad.

Estas dos concepciones del sacerdote son explícitamente opuestas, en los años 50, cuando el conflicto de Roma con los sacerdotes obreros: las dos sensibilidades continúan coexistiendo. Basta pensar en los teólogos de la liberación.

Estas dos maneras complementarias de abordar el misterio del sacerdocio están forzosamente ligadas a dos maneras de comprender no sólo a Cristo, sino a la Iglesia. Es la primera óptica, se privilegiará el papel de la jerarquía, en el segundo, el de la base.

Anotemos brevemente aquí la interdependencia de la misión litúrgica y de las relaciones humanas a vivir por el sacerdote. Por una parte, falta de contactos con la vida cristiana y la vida simplemente humana de sus hermanos, el sacerdote se arriesga a no ser más que un distribuidor automático de sacramentos que pierden entonces su valor de signo; y por otra parte, la generosidad de los laicos, desconectada de los sacramentos, se arriesga a verse debilitada en su relación con Cristo.

En nuestro mundo democratizado y secularizado hay que desear una desclericalización de la Iglesia y del clero: que los laicos tengan más un estatuto de hombres plenamente mayores en la Iglesia y que ejerzan ahí más responsabilidades; que el sacerdocio sea cada vez más fraternal; que aparezca menos como una forma de poder más o menos paternalista.

Voces autorizadas proponen que se considere la obligación del celibato -que no se ha generalizado verdaderamente en Occidente que en el siglo XI, después de la separación de Oriente así como el sacerdocio femenino. Pertenece a la autoridad jerárquica sobre estos problemas que responden más a la oportunidad pastoral que a la razón teológica.