TESTIMONIOS

   

Con excesiva frecuencia, al hablar de lo * problematicidad personal + o de la angustia y marginación que origina un proceso de secularización, pensamos * sólo + en los curas.

Pero ahí están -en muchos casos- unas mujeres que padecen de rebote una situación de clandestinidad hasta los últimos momentos, de censura y recriminación desde muchos * creyentes + .

Su vivencia es decisivo, por más injusta, si cabe, por más serena en ocasiones, y aún por más normal.

A PESAR DE TODO...

A pesar de todo, seguimos luchando, creyendo y, sobre todo, amando. Es aquí donde debería terminar después de exponer algunas de las vicisitudes que, como compañera de una víctima de la estructura jerárquica de nuestra Iglesia, hemos sufrido estos años. Y digo "nuestra Iglesia", porque, a pesar de todo, nos sentimos ligados a la comunidad que Cristo quiso que fuera su Iglesia, aunque no al tinglado que, con mayor o menor conciencia del daño que ocasionan, han montado los "jefes".

Soy la compañera de un cura secularizado, como tantos, que he vivido su proceso de búsqueda de otra forma de vivir el sacerdocio, de modo más real y auténtico, siendo un hombre entre los hombres, sin privilegios ni en el mundo ni en la comunidad.

Con este planteamiento y viendo la forma de hacerlo viable, pasamos varios años. No queríamos "pasar" por la secularización, requisito imprescindible para vivir como una persona normal. Mi compañero veía que, dentro del tinglado eclesial, no podía hacer aquello que él veía y que nacía de las exigencias de la fe en el Jesús del Evangelio. Pero pensaba que desde dentro sería más fácil renovar el ministerio; se le consideraría más uno de ellos y tendría derecho a opinar. Esto continúa siendo utópico en nuestra "empresa", donde aún no ha entrado la democracia y donde, de pedir la opinión del pueblo, nada de nada...

Para él era y sigue siendo doloroso dejar la Iglesia en manos de unos pocos, que se han adueñado de algo que nos pertenece a todos y de lo que todos somos responsables. Aunque es verdad que todos somos la Iglesia, la imagen la dan unos pocos que se rigen por unas leyes y normas que fueron establecidas hace varios siglos: si entonces sirvieron hoy ya no sirven. En todos los tiempos hay hombres de buena voluntad y buen entendimiento para pensar, decidir y cambiar; nadie tiene la exclusiva de la verdad; lo qu hoy vale, puede mañana no valer y hay que irlo renovando. Mi compañero decía -co mucha razón- que la Iglesia estaba gobernada sólo por hombres, con exclusión de la mujeres; por hombres célibes, con exclusión de los casados; y además, por hombres mayo res, con exclusión de los jóvenes. Y así no puede funcionar bien una institución popular y libre como Cristo quiere a su Iglesia.

Alguien dirá que la Iglesia está gobernada por Jesucristo. Esto es cierto; yo también lo pienso. Pero todos sabemos que El nos deja hacer a los hombres. Lo que pasa -y esto no me canso de repetirlo-, es que en la Iglesia lo hacen todo unos señores solitos, y no dejan que nadie participe; y aunque alguno piense que lo que voy a decir es un disparate, diré que ni a Dios le dejan actuar, porque El actúa a través de todas las personas, no sólo de algunas.

Esperábamos con ilusión que el sucesor de Pablo VI ayudaría a resolver la cuestión. Pero el cambio ha sido negativo, ya que en el caso de las secularizaciones, en lugar de analizar sus causas y de ver sus consecuencias, la única solución que se le ocurre es cortar. Piensa que cerrando la puerta ya no se sale nadie. ( Bonita situación de afrontar una situación tan delicada y problemática!

Pero, volvamos al hilo. Mi compañero contempla que los que piensan como él se van saliendo, y los que quedan dentro no quieren plantearse el problema, piensan que todo eso es cosa de unos inconformistas, rebeldes, flojos en la fe y con ganas de mujer. Cada vez se queda más aislado, porque sus llamadas a revisar el problema de los ministerios en la Iglesia no tienen eco. Pienso que este rechazo por parte de los conservadores es natural. De lo contrario, ) cómo justificarían su postura de poseedores únicos de la verdad? Así que, pensando, buscando, esperando, se le pasan los años sin dar el paso. Para él -para nosotros- estaba clarísima la compatibilidad del amor a Dios y a los hermanos el amor de la pareja y el compromiso de evangelización, sin tener que cortar un camino ya emprendido hacía muchos años. Veíamos que la tarea a realizar se puede llevar mejor entre dos personas que se entienden; y de paso, se cumplen muy bien los consejos bíblicos: "ir de dos en dos predicando el Evangelio", "no es bueno que el hombre esté solo", "dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne" etcétera. No veíamos razones para vivir cada uno por su lado pensando y haciendo los dos lo mismo. Lo único que demoraba la unión era que ya sabíamos la respuesta que obtienen todos los que piensan así: "Si no estás de acuerdo, te marchas". Te despojan de tus dones -dones para el pueblo-, Es decir, te convierten de un plumazo casi en un subnormal Un día antes de secularizarte tienes respuesta para todo (los curas "oficiales" tienen solución para todo, saben de todo: matrimonio, hijos, educación, sexualidad... lo que les pidas) Te secularizas, te casas, tienes hijos, trabajas... y ya no sabes de nada: han perdido la ciencia que tenían, por lo visto, de alquiler.

Quiero terminar este testimonio diciendo que, a pesar de todo, de la falta de sensibilidad por parte de la jerarquía y de algunos compañeros, sigue-seguimos trabajando como antes: con plena dedicación a la formación de personas, con la misma ilusión y esperanza que el primer día; aunque con pena y extrañeza de ver que la Iglesia, que muchos amigos... siguen sin querer ver que esto no es cuestión dé algunos, sino un problema colectivo que afecta a todos los creyentes. Yo, lo único que les pediría es que no estén tan seguro de poseer la verdad y que cuestionen su actitud ante la gran cantidad de hombres jóvenes secularizados ("expulsados", digo yo) que estaban trabajando, en su mayoría, mucho y bien y que por pedir un legítimo derecho, quedan vetados para ejercer funciones que nadie puede quitarles, sino es el mismo destinatario. la comunidad; nunca unos señores que se arrogan la voz y el voto de todos.

ESPOSA DEL CURA:

) UNA VERGÜENZA O UNA SUERTE PARA LA IGLESIA?

Tanto en la Iglesia como en la sociedad se va apuntando un Movimiento de toma de conciencia sobre el rol de la mujer. Y no solamente sobre su rol, sino sobre su identidad.

Empezó el Movimiento feminista en U.S.A., pasó a Europa al final de los años sesenta, alcanzando por fin en pequeños círculos a la Iglesia.

Es urgente dar respuesta a este interrogante de la identidad y del papel de la Mujer en la Iglesia, ya que es el soporte de cantidad de problemas específicos de la Iglesia. Por ejemplo:

- ) por qué se dice "no" al sacerdocio del hombre casado?,

- ) Por qué se dice "no" al ministerio del cura casado?,

- ) por qué se dice "no" a la ordenación de mujeres, a pesar de los numerosos ministerios de iglesia que desarrollan muchas de ellas: catequesis, misioneras encargadas de parroquias?...

Hay una respuesta válida (aunque no la única) a estas tres cuestiones: el desprecio ya tradicional de la mujer en la Iglesia, reflejo de ( in contexto socio-cultural de siglos pasados. Se considera a la mujer como la pecadora, el cebo de la tentación, el sexo impuro e indigno. Unicamente se admite en la Iglesia con cierto peso y misión a la mujer viuda y virgen, o sea, asexuada. Se teme el diálogo sexual.

Es urgente para la Iglesia descubrir la riqueza del sexo, poner fin a esta oposiciónenfrentamiento tradicional en la Iglesia entre diálogo sexual y diálogo espiritual, ya que realmente puede ser el uno fuente del otro. (Cnf. Cantar de los Cantares). Es urgente para la Iglesia descubrir que el sexo es un vehículo precioso del amor de Dios. Debe acabar esta caricatura abominable del cura dividido entre la fidelidad a Dios y la fidelidad a una mujer...

No olvidemos en nuestra búsqueda de unidad y de reconciliación del ser humano que cuando Dios le creó, "hombre y mujer los creó" y que únicamente en la unidad de estos dos polos complementarios somos reflejo de Dios.

) No es verdad que nosotras, esposas de sacerdotes, estamos en una situación fenomenal para anunciar esto y para urgirlo a la Iglesia?

Me casé hace seis años por amor y por vocación con un sacerdote al que acepté y quise profundamente como hombre y como sacerdote. (Yo también sentía la vocación sacerdotal de alguna manera y no quería desarrollarla en una vida religiosa célibe.) Privados los dos de un ministerio válido en la Iglesia, intentamos vivir nuestro sacerdocio permaneciendo en una búsqueda continua. La esperanza de algún día poder "ejercer" el ministerio sacerdotal del que hoy se nos privaba nos ha hecho:

- atentos a cualquier ocasión de celebrar y de buscar con otros cristianos,

- ávidos de escuchar a los teólogos y exegetas modernos; al acecho de los encuentros y lugares que muestren la vida del Espíritu y entregados a todo lo que pueda ayudar a cambiar la mentalidad de la Iglesia.

En la medida en que vivo solidaria del sacerdocio de mi marido, voy comprendiendo progresivamente que tengo una dimensión específica de ese sacerdocio. Igual que voy descubriendo que debo vivir esa dimensión en femenino.

Por el hecho de ser mujer, me afectan mucho tanto las vejaciones como el falso encumbramiento del que hemos sido objeto en la Iglesia. Y, después de haber sufrido en carne propia esta no-aceptación de mi ser mujer por parte de tanto clérigo y hombre del Aparato Iglesia, estoy decidida a no someterme a esta "fatalidad", a este "orden establecido", a esta opresión.

En nombre de todos aquellos y aquellas que viven esta misma opresión, tengo que decir que si la Iglesia quiere aún ser oída y anunciar el Evangelio a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, tiene que cambiar su mentalidad y sus estructuras. El vino nuevo, en odres nuevos. Si la Iglesia se empeña en ignorar a la mujer, como ignoró a la clase obrera en el siglo xix, perderá a la mujer como perdió a la clase obrera.

Todavía no ha aprendido la Iglesia la Conversión, el Despojo, la Pobreza, la escucha a los oprimidos. No ha aprendido todavía a desclericalizarse, a vivir plenamente con el pueblo, a feminizarse. Un sacerdocio uniforme y vivido exclusivamente en celibato, como el que se enseña en nuestros seminarios, ya no se puede mantener y mucho menos con carácter universal (modelo para todas las Iglesias, comunidades). Tengo una convicción cada día más clara y enraizada: el sacerdocio y la mujer no son términos contradictorios. El amor humano -al hombre y a la mujer- y el sacerdocio no sólo no se oponen, sino que se complementan. A esta convicción voy llegando día a día en la medida en que:

+ Intento ser plenamente yo misma, como mujer, como esposa, como madre. Solidaria con las dificultades y los problemas de las mujeres de hoy, compartiendo con mi marido el deseo de que Jesucristo sea anunciado.

+ Observo y voy conociendo a otras mujeres que hacen el mismo camino con esta doble decisión: ser mujeres de hoy y compartir plenamente el sacerdocio de su marido.

Estoy segura de no ser la única mujer que piensa así. Y deseo ardientemente que se levanten otras voces para gritar que esta resistencia de la Iglesia no es más que ley muerta y misógina de la Pirámide (Iglesia) Católica Romana. En la vida real nuestro ser mujer y nuestro ser sacerdotal no son más que una sola carne. Lo único que falta es que los obispos lo reconozcan como una riqueza y un don para toda la Iglesia.