LO BÁSICO: UNA IGLESIA-COMUNIDAD

   

Grupo De Córdoba

Un grupo de adultos cristianos hemos reflexionado, a través de dos amplias sesiones, sobre la problemática actual y verdadera función del sacerdote. En nuestro diálogo ha habido especial referencia a la cuestión del celibato. Entre los participantes destaca la variedad: en sexo, estado, profesión; en cuanto a edad, estamos comprendidos entre veinticuatro y cincuenta años. Enviamos una síntesis de lo hablado.

LOS CURAS SECULARIZADOS Y NOSOTROS

Hemos vivido de cerca la secularización de varios sacerdotes. De modo especial, la del último de ellos, cuya evolución hemos seguido atentamente.

El hecho de * perder un cura+ nos ha resultado, sin duda alguna, doloroso; pero ha sido un dolor alegre por cuanto puede ser para él cauce de mayor libertad y realización personal.

Entre nosotros ha predominado la aceptación serena y hemos crecido en capacidad de comprensión del fenómeno global de curas, que se secularizan.

Esta experiencia nos ha llevado a profundizar, desde lo vivo, en la misión del sacerdote; la hemos valorado más; y hemos visto que no es necesario ser célibe para ser buen cura.

Por ello, hemos palpado claramente la negatividad de la ley del celibato, que impide la tarea sacerdotal a quienes nosotros, como Pueblo de Dios, propondríamos como presbíteros.

Todo esto nos ha hecho más seriamente críticos ante la Jerarquía y ha contribuido a que nos preguntemos por las verdaderas características de la Iglesia, de Jesús.

PAPEL DEL CURA EN LA COMUNIDAD

Y es dentro de una Iglesia, que sinceramente busque parecerse al proyecto de Jesús, donde únicamente puede descubrirse el verdadero papel del cura. Pensamos que es incomprensible la figura del sacerdote al margen de la Comunidad cristiana; y que son las necesidades reales de esa comunidad las que deben marcar las pautas de vida, las exigencias y las tareas del sacerdote.

En síntesis, entendemos que el sacerdote ha de ser el animador de grupos a que vivan en fe -* coanimador + , decía uno de nosotros, subrayando la tarea animadora de cada miembro de la comunidad-; el que coordina la marcha de los distintos grupos; el que con su vivir y su palabra transmite el Mensaje y, así, desde dentro y nunca desde fuera, impulsa hacia tina vida evangélica; el que está especialmente preocupado por la unidad de la Comunidad. Y porque hace todo esto, es decir, porque realiza esa * presidencia de servicio + en la marcha real de la Comunidad, preside también la Eucaristía y las distintas celebraciones de los sacramentos.

LA FORMACIÓN DEL CURA

Un tipo así de cura contrasta con la formación que han recibido la mayoría de nuestros curas. Al hacer el diseño de esa formación señalábamos, entre otras, estas características:

Un sistema formativo que ha buscado más clérigos para la Institución eclesiástica que presbíteros para la Comunidad; que se ha preocupado más de fabricar curas que de conseguir creyentes adultos.

Formación prefabricada, con arreglo al cliché impuesto por la Institución. Formación alejada de la realidad, fuera del pueblo, represiva y moralista; deformante en muchos aspectos, * produciendo+ hombres de * casta sagrada+ , convencidos de su separación de la gente y de la autoridad que poseían y que los colocaba por encima del pueblo.

Formación individualista, enfocada hacia la superación personal a base del ejercicio esforzado de numerosas virtudes y no de la apertura a los demás.

Como características positivas de esa formación veíamos la austeridad, la seriedad con que frecuentemente era ofrecida y la atención que ha prestado a la interioridad.

Nos resulta evidente que la formación de los sacerdotes debe ser totalmente distinta. Si no se trata de conseguir clérigos que garanticen este modo de Institución eclesiástica, sino hombres --creyentes- adultos al servicio de la comunidad, la formación del sacerdote ha de realizarse en la comunidad y desde la comunidad; formación que garantice el enraizamiento en la vida y en el Evangelio y que atienda al desarrollo de todas las dimensiones del hombre.

Creemos que en los últimos años se ha realizado en muchas diócesis un sincero esfuerzo por proporcionar cauces verdaderamente formativos para los futuros sacerdotes. Pero ese esfuerzo choca con frecuencia con las altas esferas de la Institución. Y ante esto no podemos evitar preguntarnos con tristeza si la jerarquía desea sacerdotes, que sean hombres maduros, creyentes y libres, o más bien prefiere seres domesticados e incondicionales.

LA IGLESIA Y LAS SECULARIZACIONES

Y pensando y hablando de la Iglesia, nos interrogábamos sobre la repercusión que en ella está teniendo el hecho -parece que, hoy por hoy, irreversible- de tantas secularizaciones de sacerdotes.

Nos parece que para la Iglesia como Institución este hecho está influyendo negativamente; al menos, ése es el rostro que nos muestra a los cristianos corrientes, desconocedores de los pasillos episcopales y vaticanos. Tenemos la impresión de que en este punto los obispos y el Vaticano tienen mucho miedo, que es señal de debilidad y de falta de fe arriesgada. Y ese miedo está llevando a posturas oficiales endurecidas (algo así como para * meter a los curas en cintura + ) junto a una permisividad de hecho (vulgarmente hablando, un * hacer la vista gorda + , supuesto que no caben otras medidas).

Por el contrario, para muchos cristianos no constituidos en jerarquía, no se trata de un hecho alarmante ni catastrófico, sino de una simple y lógica consecuencia del derrumbamiento de la estructura clerical.

Desde este ángulo, entendemos que el fenómeno de las masivas secularizaciones y el cuestionamiento del celibato como ley son señales de una Iglesia que ha sabido abrirse con más limpieza a la realidad y a los valores del hombre; de una Iglesia menos legalista y formalista y más radicalmente humana; menos sensible a su propio poder y más confiada a la Fuerza del Espíritu.

QUÉ HACER

Todos nosotros coincidimos en que lo básico es caminar hacia una Iglesia-Comunidad, en la que la Institución esté para la Comunidad y no al revés. Y, dentro de este horizonte como gran marco, consideramos urgente la desaparición de la ley del celibato.

La abolición de esta ley sería un paso real, no verbal, hacia una Iglesia como espacio de libertad; supondría un acto práctico de fe, no puramente declarativo, en la fuerza del Espíritu por encima de la eficacia de la ley; significaría la valoración consecuente del amor humano, del matrimonio y de la sexualidad; colaboraría a que los casados dejasen de ser considerados cristianos de segunda fila, * gente de tropa + , como diría el padre de la actual contrarreforma; contribuiría a la progresiva desaparición de la * casta clerical + ; proporcionaría mayor energía humana y pastoral a los sacerdotes carentes del carisma del celibato, y ahorraría en muchos de ellos y en no pocos seglares, desconciertos, tensiones y sufrimientos estériles; asimismo, el carisma del celibato quedaría intensamente revalorizado.

Por todo ello pensamos que es imprescindible realizar en medio del Pueblo de Dios una larga tarea de concienciación que permita descubrir con fuerza y claridad la primacía de la fe, de la comunidad y del servicio pastoral sobre la ley y la disciplina eclesiástica impuesta.

Esta tarea concientizadora habría de moverse, para ser tal, en el campo de la reflexión y en el práctico.

En el campo del pensamiento, haciendo ver que el celibato impuesto pertenece a la legislación eclesiástica y que, por ello, ha de ceder ante las necesidades pastorales del Pueblo de Dios.

En el terreno práctico, con la decisión responsable y serena de comunidades cristianas que acojan como presbíteros a sacerdotes casados. Esta acogida debería rehuir la clandestinidad y, al mismo tiempo, debería expresarse claramente la comunión de esas comunidades con la Iglesia Universal; comunión que, por ser en la fe en Jesús y en el amor, no puede romperse por la simple trasgresión  de una de tantas leyes canónicas.